Quantcast
Año 1816

Año 1816

Año 1816.- Mendoza duerme la siesta. La ciudad está suspendida en el aire quieto donde hasta los pájaros callan. La calle de La Alameda, polvorienta al sol, se extiende de Sur a Norte como un durmiente mas.

A sus costados, las casas de “gente acomodada”, muestran sus frentes ornamentados con rejas junto a pesadas puertas. Todas están cerradas. Adentro, las galerías rodeadas de glicinas, guardan el poco fresco que pudo dar la noche. Los racimos lilas, cuelgan lánguidos a la espera del primer relente que bajará del pedemonte, anunciando el respiro nocturno.

Recostada en su cama con dosel, Aurelia García no puede descansar. A pesar de haber rociado el piso con una rama de jarilla empapada en agua y cerrado los postigos, el calor persiste pegado a las sabanas de hilo y al camisón de seda. Pero eso no es todo. Hace días su cabeza está  llena de pensamientos contradictorios que la hacen vivir en permanente desasosiego. Y ¿quien es el culpable? El sólo pensar en él la hace saltar del lecho.

Evoca la cara morena y afilada rodeada de espesas patillas negras, los ojos penetrantes y el perfil de héroe que parece en vida destinado al bronce eterno. Si, es el Gobernador de Cuyo, General José de San Martín que tiene la loca idea de preparar en la provincia un ejército para cruzar los Andes y liberar Chile y Perú del dominio español.

Aurelia no  está de acuerdo. Es nieta de un alto funcionario español, que se radicó en Mendoza y hasta su muerte fue monárquico y leal al rey Fernando VII. Su padre siguió la misma línea y hay parientes en Chile vinculados a la corona, que podrían perder toda su influencia y propiedades si la campaña prospera. ¿Que pasará entonces con la remesa de dinero que todos los años le envían sus parientes desde Santiago? Ya puede irse despidiendo de su elevada posición, sus sirvientes, su casa.

Para empeorar la cosa, está esa odiosa mujer, la esposa del general, una tal Remedios Escalada venida de Buenos Aires, que se ha metido como una intrusa en la sociedad local. Colabora con las tareas organizativas del ejército y ha planeado una campaña de recolección de dinero y joyas para contribuir a equiparlo.

En estos días, su vecina, seducida por dicha señora ofreció una recepción en donde Doña Remedios con toda desfachatez planteó a las invitadas la necesidad de donar joyas y efectos valiosos para ayudar a la campaña libertadora. Ella se vió acorralada e inventó la primera excusa que le vino a la mente, un supuesto robo que nadie pareció creer. En el silencio que siguió a su declaración, sintió que era el centro de todas las miradas, mientras un murmullo de desaprobación recorría la sala. Con la cara roja, dijo que la esperaban en su casa y abandonó la reunión.

Ahora en el sopor de la tarde, le viene de nuevo un sofoco al recordar la penosa situación. Cansada del encierro y de esos pensamientos que la acosan, decide salir de la habitación. Abre la puerta de doble hoja y su mirada queda atrapada en el verdor de la enredadera que rodea el interior de la casa. Es tan vieja como ella. Su tronco grueso se anuda en los pilares que sostienen el alero, en un abrazo apretado y visceral que surge de la tierra.

Se le ocurre pensar que ella, como la planta, también ha echado raíces. Que a pesar de sus ancestros españoles, ha crecido y envejecido en el lugar donde sus pies se asientan. Entonces, ¿no debería sentirse agradecida? ¿No tendría que ayudar en esa campaña, donde la patria naciente alumbra con dolor la gesta de su independencia?

Sumida en esas reflexiones sus pasos la llevan hacia la cocina. La puerta está entreabierta. Desde el interior se escucha la voz de su cocinero un negro retinto, que habla con el criollo encargado de la huerta. Sabe que su estricto código moral le impide espiar conversaciones ajenas, pero la curiosidad puede más. Con la respiración contenida se acerca. Por las dudas toma una escoba, que le servirá como excusa de barrido, por si la sorprenden.

Adentro, los hombres sostienen una animada charla. Quieren alistarse como soldados de la campaña, como ya lo hicieron cientos de mendocinos. Se detienen en el detalle de las mulas que cargarán pertrechos, cañones, víveres. Se entusiasman con el desafío que significa adentrarse en la masa de piedra obscura que los espera quieta y amenazante. En la aventura de descubrir el secreto de los pasos ocultos que ella abre solo a los baqueanos. Y mas tarde cuando la dejen atrás y miren las cumbres que los vieron pasar, los espera la gran batalla donde la bandera amarilla y roja será derrotada.

Aurelia, no puede creer lo que escucha. Se niega a aceptar que sus sirvientes estén con la causa. Aprieta el mango de la escoba, la eleva como una lanza y dando estocadas al aire, regresa a su cuarto. Allí será su batalla privada. Debe decidir, si sigue sujeta a lo que le inculcaron y aceptó hasta ese día como verdad absoluta, o se deja llevar por ese aire de libertad que flota en la provincia, que la llena de voces nuevas, cambios que la atraen y a la rejuvenecen.

Ya declina el sol. Afuera los vecinos se disponen a tomar el fresco en los puentes que cruzan el tajamar de la Alameda.  Aurelia abre la puerta del frente. Lleva un vestido claro con cola de gasa que arrastra por el piso. En sus manos una bandeja con mate y bizcochos de grasa. Camina altiva y se sienta en la banqueta que enfrenta a la corriente del canal. Observa el agua marrón que alimenta las raíces de los álamos y se va hacia las líneas de viñas donde la vid madura esperando el mes de marzo.

¿Qué es la patria? Se pregunta. Quizás sea eso, el lugar donde uno se encuentra con lo que lo conforma. Una voz, la llama. Frente a ella un grupo de mujeres despliegan la bandera del ejército, que muestran con orgullo. Aurelia se pone de pie. Entre sus ropas saca un cofre con sus joyas. Sin despedirse de ellas, las entrega.

Desde esa fecha, varios veranos calentaron la ciudad que fue creciendo. Desaparecieron las casonas que bordeaban la Alameda y el rumor del agua en el Tajamar.

El general se convirtió en prócer y desde un monumento observa la montaña y a la Mendoza que gobernó. A sus pies un friso evoca la preparación del ejército. Allí las figuras de varias mujeres, se eternizan en el momento de entregar sus joyas. Una se destaca del conjunto. Es alta, de rasgos nobles, tiene un cofre en la mano. Algo en su porte llama la atención. Tiene el cuerpo en tensión. La cara muestra, el cansancio y la paz que sigue al guerrero luego de la batalla. Es Aurelia García, que ganó el combate más fuerte de su vida y pasó a la historia.

Gracias por votar. Ahora puedes compartirlo en tus redes sociales .
¿Qué te hace sentir este artículo?
Fascinado
Divertido
Triste
Enojado
Aburrido
Emocionado

Fabián Gonzalez

Fabián Gonzalez

Soy Fabián González, escritor argentino nacido en Mendoza, “La Tierra del Sol y el Buen Vino”; en mi jubilación decidí compartir mi pasión por el cuento y la literatura, gozar Cuentos sin receta cada semana, esperando que los disfruten tanto como yo.

1 comentarios

  • Eliana da Costa e Silva Puglia el

    Estimado Fabián,
    Me encantó tu cuento!Me dá ganas de leer los otros! Que tengas muchas alegrias como escritor!Saludos, Eliana

    Responder

Deja tu comentario

Suscripción en CyComparte Blog

Bienvenidos a nuestra comunidad de Cocina y Comparte, donde encontrarás las mejores y más prácticas recetas. Además de ello, estás suscrit@ a CyComparte blog para enterarte lo último en estilo de vida.

*
*
*
*

Ayúdanos a conocer tus intereses.

Estoy de acuerdo con las políticas de privacidad y los términos de uso del sitio

Comparte Cocina