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Doña Inés

Doña Inés

Doña Inés se miró al espejo y se encontró con su cara vieja de todos los días.

Ninguna novedad -pensó-, las mismas arrugas, la mirada vaga, el pelo…

De pronto se vio ensayando una sonrisa, practicó una o dos veces presentando distintos perfiles y luego con un suspiro se retiró.

Hoy se casaba su hijo, el único fruto tardío, de un matrimonio maduro.

Por más que se repetía que era la ley de la vida, que así son los hijos, que alguna vez tenía que pasar y una serie de razonamientos por el estilo, no conseguía alegrarse.

Para alejar esa sombra, se dedicó al arreglo de la casa. Barrió pisos, corrió muebles, puso unas flores en un rincón y se quedó mirando muy quieta a la espera de los recuerdos, que no tardaron en llegar, puntuales como siempre.

Un año de viudez y ese diálogo que se establecía siempre, como un rito impostergable con ese petiso gritón, que había sido su marido.

Volvían sus ruidos, el arrastrar acompasado de sus chancletas, sus toses de fumador crónico, la voz que la llamaba preguntándole por algo que no encontraba.

En esa evocación se transfigura, adquiere importancia. Ya no es más “la sombra de su marido” -como dicen por ahí.

Regresa a su pequeño mundo de todos los días, su secreto refugio. Es la reina que le lleva el mate por las tardes, mientras él arregla el jardín en camiseta; la que lo espera en la noche; la que…

Con un esfuerzo corta tanta ensoñación y se dirige a su dormitorio, donde la espera sobre la cama, el vestido lila que usará esa noche.

Le han dicho que el color le sienta con sus canas, además el medio luto, en fin… por lo que le importa.

Miró el reloj. Como pasa siempre con lo que se teme o espera, el día había corrido sin pedirle permiso a su ansiedad. Ya era hora de empezar a vestirse.

Para Doña Inés, lo que vino después fue como la sucesión de imágenes en una película muda.

Se vio en la Iglesia temblando un poco, arreglándose el gran sombrero, sin tener la menor idea de lo que el cura, les decía a los novios.

Luego los besos y abrazos. Ella diciendo algo que sonaba muy parecido a “gracias”. Más apretones y el infaltable brindis, mientras navegaba entre el mar de parientes y amigos como una nave vencida, con la cara dolorida de tanta sonrisa inútil.

Por fin, cuando se perdieron las últimas bocinas de la caravana que seguía a los novios, se apoyó contra la puerta, el sombrero en la mano. Respiró profundamente el silencio de voces de la casa vacía.

Tomó conciencia por primera vez, de que un ciclo se había cumplido, que ella impotente y pequeña, era parte de él.

Tuvo miedo ante esa revelación, que sin querer había abierto una brecha en el cerco que protegía su mundo. Tímidamente se fue asomando a lo que adivinaba del otro lado. Estaba sola, pero ya no correría a refugiarse a su pasado, resignada a ser la figura gris que quedó, cuando él se fue.

Quería vivir Doña Inés. Se encontraba avergonzada ante esa posibilidad.

Temerosa de que la casa la envolviera, gritándole su deserción, sintió la necesidad imperiosa de salir. Casi fue una huida.

En aquella mañana tormentosa, los pocos vecinos que habían madrugado, vieron extrañados a una mujer de lila que caminaba presurosa, la cara al viento y un gran sombrero en la mano.

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Fabián Gonzalez

Fabián Gonzalez

Soy Fabián González, escritor argentino nacido en Mendoza, “La Tierra del Sol y el Buen Vino”; en mi jubilación decidí compartir mi pasión por el cuento y la literatura, gozar Cuentos sin receta cada semana, esperando que los disfruten tanto como yo.

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