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El inspector

El inspector

De dos cualidades estaba orgulloso el inspector George: el de dormir toda la noche en la misma posición sin desarmar la cama y el de tener el olfato de un sabueso.

Pero esa mañana al levantarse comprobó afligido que una de ellas se había ido. El lecho era una masa informe de cobijas y sábanas, signo evidente de una noche en vela, tratando de descubrir el misterio de la muerte ocurrida tres días atrás en el mismo edificio que habitaba.

Allí en el sexto piso, se encontró abierta la puerta del departamento 13 y muerta su dueña. Una vieja dama que vivía sola, apareció tendida en la cocina con la sartén en la mano y una profunda herida en la cabeza hecha con un objeto pesado que no se pudo encontrar.

Mientras se preparaba el café, George recordó que no había signos de violencia sobre la puerta, ni desorden en el lugar, que indicara una resistencia al ingreso, lo que daba a pensar que la persona podría tener llave de acceso al departamento.  La otra posibilidad era que el sujeto, fuera conocido de la señora, la que le abrió la puerta sin sospechar el peligro que corría. Por otro lado, la dama no poseía fortuna, ni faltaban objetos de valor, lo que “prima facie” mostraba al hecho como un crimen pasional.

¿Pero quién podría vengarse o cobrarse una deuda del corazón, contra la dama octogenaria de apariencia tranquila y sin enemigos a la vista? ¿Quién sería capaz de llevar al paroxismo una pasión, hasta llegar a eliminarla del mundo de los vivos?

Estas preguntas atormentaban a George, quien al segundo día de recibido el caso, revolvió todo el departamento de la occisa hasta encontrar oculta en el cajón de la ropa interior y dentro de la taza de un corpiño, una pequeña libreta negra.

Antes de extraerla de su escondite no pudo resistir la tentación de calcular mentalmente la talla de la prenda, que, según su experiencia tendría que ser un numero 5. Comprobó con satisfacción que así era y eso le produjo un cosquilleo interno, al comprobar que mantenía aun la habilidad de saber con una sola mirada al busto de una mujer, el número de ropa interior que usaba.

Al abrir la libreta, ésta la mostró en caligrafía inglesa, solo tres nombres con su dirección y número de teléfono.

Al tercer día, el inspector comenzó llamando al primer número donde le contestó una voz de mujer. Concertada la cita, se vio frente a una mujer mayor, de agradable apariencia quien se veía realmente apenada por la muerte de su amiga. Le dijo que el día del hecho estaba cuidando a sus nietos, lo que corroboró, la hija que la acompañaba.

En la tarde de ese día pudo entrevistar a las dos personas   que restaban de la lista. Uno era un señor mayor de aspecto atildado, que se mostró nervioso en la entrevista y dio datos imprecisos sobre la actividad que había desplegado ese día. Según dijo, había conocido a la victima en un partido de bridge, y luego habían salido un par de veces como conocidos al cine y al teatro, sin ningún interés amoroso… solo una simple amistad.

El último entrevistado resultó una sorpresa. Era un hombre joven de no más de treinta años, con cuerpo atlético y cara angelical. Dijo haber sido contratado por la señora como personal entrenador, prestando sus servicios dos veces por semana. Alegó que el día del hecho estaba en su gimnasio enterándose por los diarios de la muerte de su clienta.

Con este panorama, al cuarto día George estaba desorientado. Había descartado como sospechosa a la vieja amiga y le quedaban los dos hombres. El señor mayor por su nerviosismo y relación con la víctima, parecía el implicado ideal, pero algo en su interior, le hacia desistir de mayor presión para lograr datos que sabía no encajaban con la imagen del victimario, acorde con el tipo de crimen cometido.

En el caso del hombre joven, no le cabía en la cabeza que la dama lo hubiera contratado como entrenador físico, pero la realidad así lo mostraba al aparecer su nombre en la libreta.

Para añadir complejidad al caso, y descartado el móvil del robo, el inspector no podía imaginar algún tipo de pasión entre la victima y el entrenador que hubiera desatado el drama.

Por otro lado estaba el tema del olor. Cuando se encontró el cadáver, flotaba en el ambiente un perfume dulzón que no pudo identificar. No era exactamente el del Chanel nº5, que sin duda usaba la dama, ni tampoco el vaho de las cebollas cortadas que se quedaron sobre la mesa sin llegar nunca a la sartén. La mezcla para sus papilas olfativas, era rara, indefinida…con una fuerza animal que no podía descifrar.

Esta arista del hecho mostraba a su nariz un desafió, que había que enfrentar.

Por eso, la tarde del quinto día alegando datos que no había podido registrar, solicitó a sus entrevistados una nueva cita. Quizás si unía el olor de sus cuerpos con el aroma que quedó en el departamento, podría tener un elemento valioso para descubrir al asesino.

Ya con ellos, inventando nuevas preguntas que sabia sin valor, se fue acercando como pudo a los cuerpos dirigiendo su nariz directa al objetivo.

La vieja amiga, no aportó nada más que un olor a tiempos pasados, humedad y ambientes cerrados. El hombre mayor olía a colonia inglesa y el joven a una loción deportiva.

¿Qué hacer? Ningún olor se parecía al detectado en el lugar del hecho.

Con la mente en blanco el inspector se preparaba para otra noche de desvelo, cuando decidió dar a su nariz otra oportunidad.

Casi al azar eligió al hombre joven y a pesar de lo avanzado de la hora, lo llamó quedando en tener la entrevista en el gimnasio.

Cuando llegó, lo encontró con dos pesas en las manos, mirándose en el espejo el cuerpo de gladiador.

Decidió comenzar la charla con generalidades sobre el beneficio del ejercicio, para después ir desviando el tema hacia las mujeres. Para romper el hielo le confesó su habilidad para detectar la talla de corpiño de una mujer con una sola mirada a su busto, lo que desató la risa del joven.

Luego, en un ambiente mas distendido fue derivando la charla hacia la edad de las mujeres y los diferentes atractivos de cada una, según la etapa en que se las conociera.

Se detuvo un momento para mirar la cara de su oyente que no mostraba señal alguna de que el tema lo perturbara.

Entonces George, respiró hondo y se aprestó a jugar la carta que tenia guardada.

Con el impulso de una corazonada, lanzó el tema que tenía reservado para el final. Entró de lleno a contar casos de mujeres mayores, que los jóvenes preferían por la experiencia amatoria que dan los años, sin importar el abismo de la edad, ni las carnes flojas.

Allí hubo un cambio en la expresión del otro. ¡Un rápido parpadeo, la respiración profunda y finalmente… el olor!

Al principio, fue un soplo casi imperceptible que le llegó a la punta de la nariz, luego el inconfundible aroma de hormonas en funcionamiento. Era el mismo que mezclado con el perfume francés, había quedado flotando en la cocina del departamento de la victima.

El corazón de George dio un salto, estaba seguro de haber identificado al sujeto, pero estaba en zona de peligro. Nadie sabía el tema de la libreta, ni la dirección de sus entrevistados. Tampoco por autosuficiencia había avisado de su visita nocturna al gimnasio. Si el sujeto sospechaba, lo que él acaba de percibir, podría aplastarlo con solo mover un dedo.

Haciendo un esfuerzo por ocultar su inquietud, fue derivando la conversación a trivialidades y cuando ya no tenía más que decir, se despidió del hombre, no sin dejar aclarado antes, que el señor mayor le parecía realmente involucrado.

Apretó la mano del joven y con el pulso acelerado, le dio la espalda para salir de la casa. Sin terminar el giro alcanzó a ver con el rabillo del ojo una sombra oscura que iba directo a su cabeza.

Con un sonido de huesos rotos el inspector de desplomó con el cráneo partido mientras rodaba a su lado una pesa negra. Lo último que alcanzó a sentir, fue el olor dulzón, que ya conocía, -olor a muerte- se dijo, con la última chispa de conciencia, mientras le pesaba la fatal certidumbre de una muerte que ya no podría resolver.-

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Fabián Gonzalez

Fabián Gonzalez

Soy Fabián González, escritor argentino nacido en Mendoza, “La Tierra del Sol y el Buen Vino”; en mi jubilación decidí compartir mi pasión por el cuento y la literatura, gozar Cuentos sin receta cada semana, esperando que los disfruten tanto como yo.

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