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Hilaria

Hilaria

La abuela Hilaria pronunció su nombre, con la misma seguridad con la que torcía el cuello de un pollo. Así me llamo, dijo… y quedó callada.

Las miradas de aquel grupo de personas selectas, se centró en ella. La recorrieron sin pudor, tratando de adivinar que se escondía tras ese rostro quemado por el sol, inmutable, como la quietud del desierto de donde venía. No consiguieron nada.

Hilaria, ajena al examen miraba de frente, más allá de ellos, atravesando sin tocar el entorno lujoso de aquella casa, donde había ido a ofrecerse como niñera. Tras unos minutos de consulta, el murmullo de aprobación le indicó que estaba contratada.

La guiaron hasta su cuarto y le presentaron a los niños. Eran dos seres pálidos, que la rozaron con la mirada para volver a centrarse en sus celulares. No hubo respuesta a su saludo, pues en los oídos llevaban un cable con música, que los aislaba del mundo.

Hilaria quedó de pie, frente a ellos. Por un momento se sintió perdida, pero algo en su interior se rebeló. La mano que tenía lista para una caricia, cambió de rumbo y se dirigió directa al cable que arrancó de un tirón. Repitió de nuevo su nombre.

Dos miradas de asombro se clavaron en ella, mientras los oídos registraban por primera vez, la voz de la nueva niñera. Pensaron en correr y contar a sus padres, la audacia de esta mujer, pero algo los detuvo. ¿Sería quizás la profundidad de aquellos ojos negros, o la calma que emanaba de su figura? No supieron distinguir. Lo cierto es que se quedaron quietos, pendientes del próximo gesto de ella.

Hilaria se sentó, juntó las manos y dijo que iba a contar un cuento. En el suelo los celulares pierden su carga y se apagan. En el pequeño cuarto, crece la historia de un arenal inmenso, donde la víbora que lo recorre dibuja una “Z” en la duna. Hay un algarrobo añoso, con un rancho que duerme a su sombra y un pozo de agua, donde la luna asoma su cara para verse en el fondo obscuro; un corral de chivos y un horno de barro, que a la tarde larga al cielo el olor del pan horneado.

La historia termina. Tiene que hacer un esfuerzo para desprenderse de la nostalgia de su tierra pérdida. Está tan lejos… Suspira, cierra los ojos. Cuando los abre, descubre que dos cabezas descansan en sus rodillas. Los niños se han dormido. Está segura que sueñan con su historia.

Mira los aparatos muertos en el suelo y sonríe satisfecha. Es el primer día y ya ha ganado una batalla.

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Fabián Gonzalez

Fabián Gonzalez

Soy Fabián González, escritor argentino nacido en Mendoza, “La Tierra del Sol y el Buen Vino”; en mi jubilación decidí compartir mi pasión por el cuento y la literatura, gozar Cuentos sin receta cada semana, esperando que los disfruten tanto como yo.

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