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Memoria prohibida

Memoria prohibida

MEMORIA PROHIBIDA.- Dicen que nunca se debe volver al lugar donde se fue feliz.

Cierto o no, el caso es que no respeté el dicho.

Ese día decidí visitar mi antigua casa, donde habían transcurrido los días de mi infancia.

Tal como la recordaba, al llegar me recibió su amplia fachada orientada al norte inundado de sol.

Al toque de la puerta, salió una señora que ante mi explicación y deseos de visitar la casa me franqueó la entrada. Me llamó la atención la conducta de la mujer. Se veía ausente, sumamente pálida, evitando los rayos de luz.

Precedido por ella, recorrí los ambientes, miré los muebles, critiqué en silencio las pesadas cortinas y los cuadros de personajes vestidos de negro.

Al finalizar, agradecí la atención de la dueña estrechando su mano, que ella dejó en la mía, más tiempo del necesario.

Una vez afuera me retiré unos pasos y observé nuevamente la casa. Ésta se había cerrado sobre sí misma, clausurando todas sus aberturas. La oscuridad pese a ser pleno día, la rodeaba por los cuatro costados aislándola del resto de las construcciones.

Con un extraño malestar pensé en irme, cuando un ruido de madera que se golpea me detuvo.

En la planta alta, una ventana sin viento alguno que la moviera, se abría y cerraba, lanzando al aire un mensaje en código que parecía decir: “no te alejes”. Al mismo tiempo, la puerta de entrada se abrió unos centímetros dejando ver una delgada línea negra, hacia el interior.

Guiado por un impulso, acepté la tacita invitación y la empujé lo necesario para poder pasar mi cuerpo.

Allí adentro no distinguí nada. Los gruesos cortinados habían sido corridos por completo, alejando toda claridad. Con la memoria del recorrido hecho minutos antes, caminé un trecho a tientas, deslizando mi mano por los muebles para no tropezar.

Dejé atrás el amplio comedor y comencé a llamar a la mujer que me había atendido. Nadie respondió. El silencio reinaba en la casa.

Con un temor incipiente retrocedí hacia la puerta. ¡Estaba cerrada! Tiré de ella con toda mi  fuerza. Fue inútil, no se movió.

Comencé a patearla mientras gritaba. El eco de mi voz se perdía en aquella negrura que lo tragaba todo. Apoyé mi cara contra la madera y al instante sentí un soplo de aire casi imperceptible en la nuca. Giré con rapidez y allí estaba ella…. o su sombra. Un contorno difuso contra el fondo tenebroso que permanecía inmóvil. Sólo su  aliento frío y los ojos brillantes delataban su presencia.

Quedé paralizado. La espalda contra la pared me sostenía, hasta que las piernas me flaquearon y me deslice hacia el piso.

Dos manos heladas me sostuvieron y el rostro de la figura se acercó al mío. Se abrió entonces su boca, y  desde un abismo sin fondo salió una voz. “Soy el recuerdo muerto que habita la casa” -me dijo- “Déjame en paz, no vuelvas a revivir tiempos pasados”.

Luego de esas palabras, como si fuera un conjuro, se abrió de golpe la puerta y el día penetró en la casa. Me arrastré hacia la salida y como pude me alejé de ella, para no volver más.

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Fabián Gonzalez

Fabián Gonzalez

Soy Fabián González, escritor argentino nacido en Mendoza, “La Tierra del Sol y el Buen Vino”; en mi jubilación decidí compartir mi pasión por el cuento y la literatura, gozar Cuentos sin receta cada semana, esperando que los disfruten tanto como yo.

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