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Sin palabras

Sin palabras

El silencio sin memoria de palabras, se instaló temprano en la vida de los dos. Llegó sin anunciarse o mejor dicho dejó indicios que ellos no supieron interpretar. Primero fueron paréntesis entre una conversación, un súbito freno a la verborragia donde quedaban vibrando las últimas palabras antes de desaparecer. Luego se extendió a las tareas cotidianas, a las más comunes. Si algo se cocinaba, el hervor del agua solo mostraba un movimiento físico, pero no había sonido en la burbuja que explotaba en el fondo de la cacerola.

Como una fiebre muda, se contagió después a cada desplazamiento que hacían dentro de la casa. Si caminaban lo hacían casi flotando, no había roce en el piso y nada que tocaran producía algo que les recordara la voz que antes tenía cada objeto. Así toda la casa y ellos mismos entraron en un mutismo que duró años, hasta que se perdió la cuenta del tiempo, sin posibilidad de medirlo, pues habían olvidado como mover los músculos de la boca para dar nacimiento a la pregunta. A decir verdad ya poco les importaba, se habían acostumbrado a comunicarse por escrito dejando notas por todos lados. “Hola buen día”- decía una. “Hoy vuelvo tarde, no me esperes”- contestaba otra. “Lava los platos” – se leía en un papel pegado a la pileta y abajo otro respondía – “Lo voy a hacer mas tarde”. Así el espacio se iba llenando de pequeñas hojas escritas que ocupaban cada rincón de la casa. Para no confundirse, cada tanto tiraban los mensajes pasados y los reponían por actuales.

Un día en que habían salido, quedó abierta la ventana y el viento entró con fuerza en la casa del silencio. Un revuelo de papeles confundió las notas nuevas con las viejas que no habían sido retiradas. Cuando el torbellino blanco se aplacó ya no se sabía cuál era cuál. A su regreso, sentados en el piso ellos miraron el desastre. Estaban llenos de preguntas que no podían tener respuesta. No sabían cómo ordenar la secuencia de sus próximos pasos. ¿Esto ya lo habían hecho, o lo tenían que hacer? ¿Estaba el asunto en proceso? Que fácil sería salir del enredo con unas simples palabras,  pero las habían olvidado y ellas hace tiempo habían huido de sus bocas.

La situación los dejó perplejos, hundidos en la montaña blanca que formaban miles de papeles dispersos. De pronto por la ventana, entró un pájaro perdido que revoloteó hasta posarse con el pecho agitado en la lámpara del comedor. Desde allí ladeó la cabeza y lanzó un trino agudo que los golpeó con la fuerza primitiva del primer sonido sobre la tierra. Siguió luego un instante en que no se escuchó nada. Ella fue la primera en reaccionar. Lo absurdo de la escena le provocó una risa incontenible que le nacía de las entrañas  y se abría paso hasta salir por su boca en una catarata de notas cantarinas. Sin dejar de reírse tomó una escoba, barrió con fuerza la parva de años de comunicación en silencio y comenzó a hablar. No paró más… Dicen que él se fue.

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Fabián Gonzalez

Fabián Gonzalez

Soy Fabián González, escritor argentino nacido en Mendoza, “La Tierra del Sol y el Buen Vino”; en mi jubilación decidí compartir mi pasión por el cuento y la literatura, gozar Cuentos sin receta cada semana, esperando que los disfruten tanto como yo.

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