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Tango

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Tango.- Esa noche contra su costumbre, le dio la mano al despedirse. No duró mucho el contacto, la retiró rápido como si al instante se hubiera arrepentido. El la miró a los ojos y no los encontró. Ella los había bajado inspeccionando el piso en una inútil búsqueda de algo que decir, unas palabras oportunas que aliviaran la tensión del momento. Éstas no salieron de su boca.

Se retiró unos pasos, murmuró un “buenas noches” y se alejó rápido, taconeando con fuerza las baldosas de la vereda.  La miró hasta que perdió de vista, su vestido floreado iluminado por el último farol de la esquina.

La puerta a su espalda estaba abierta. Por ésta se escurría hacía la noche, la melodía del tango que minutos antes habían estado bailando. Recordó que faltaban unos cuántos compases para el final, cuando una fuerza sorpresiva en el brazo de ella, lo apartó, indicándole  a claras que el ensayo había terminado. Le advirtió que faltaban pocos días para la presentación del concurso de danzas urbanas y no se podía abandonar sin motivo la práctica diaria. No hubo caso. Ella se mantuvo firme en su decisión.

En cierta forma se sintió traicionado. Entre las alumnas de su academia la había seleccionado, dejando de lado la ofensa de las demás. Debía admitir que no era la más agraciada, pero había en ella un misterio que lo intrigaba. Algo escondido que latía bajo su piel, en sus piernas largas, en el avance de su cadera que semejaba la proa de un barco hendiendo el mar. Suave y poderoso a la vez.

Por eso la había elegido. Por el acople perfecto de su cuerpo al suyo; por el dibujo que hacían sus pasos en el piso, siguiendo el dictado de una secuencia invisible que solo existía en la mente de ambos. Cuando la melodía terminaba, la magia del contacto se esfumaba. Ella se mostraba entonces distante y fría. Su despedida era siempre una inclinación de cabeza, hasta esa noche que le había dado la mano.

El gesto lo sorprendió. Pensó si él encerraba un mensaje que debía adivinar. Poco pudo deducir. Fuera de la huella cálida que ella había dejado en su palma, nada explicaba su precipitada huida.

En ese momento la puerta, tal vez cansada de oír la misma música, se cerró impulsada por una ráfaga de viento. El golpe puso fin a sus cavilaciones y el recuerdo de ella se diluyó en el aire. Se dispuso olvidar el asunto. Todavía estaba a tiempo de conseguir un reemplazo.

Al día siguiente, pese a la decisión tomada lo invadió la ansiedad y el temor de no verla más. Miraba continuamente la entrada, esperando su aparición. Se equivocó varias veces y pisó a su pareja. Estaba concentrado en un giro,  de espaldas a la puerta,  cuando un raro silencio lo obligó a darse vuelta.

Allí estaba ella. El pelo negro enmarcando su cara de pómulos altos, la mirada profunda, la boca entreabierta en una semi sonrisa, los dientes blancos asomando tras el rojo furioso de los labios. Su figura quedó detenida un instante, hasta que ella avanzó con ese andar que siempre lo había fascinado. Un barco cortando la marea. Sus pasos acompañados por el abrir y cerrar del tajo de la pollera, acortaron la distancia.

La falta de sonidos, le hizo temer se escuchara el retumbo enloquecido de su corazón. Que la emoción saliera disparada develando un amor que ahora descubría en toda su dimensión. Como una telenovela barata, admitió que  el viejo profesor se había prendado de su alumna.  Esa verdad lo dejó clavado en su sitio, sin poder despegar sus ojos de ella.

Ya estaba a pocos pasos de distancia, casi podía oler su perfume. Extendió la mano para recibirla, repitiendo el ritual de la noche anterior. Ahora comprendía que la huida de ella no había sido más que un sentimiento mutuo reprimido. Pero su gesto quedó en el aire. El brazo de ella se detuvo a mitad de camino. El movimiento mostró una indecisión, perturbadora. Le pareció que era un recurso de seducción fuera de lugar y se dispuso a acabar con ese juego.

Estaba a punto de tomarla entre sus brazos, cuando ella giró sobre sus talones y miró hacia la entrada. Allí, enmarcado por la luz del exterior, el cuerpo de un hombre joven elevaba sus dos metros de altura. Lo que siguió después, su mente lo registró en cámara lenta. La palabra “mi novio” con que ella presentó al gigante, lo golpeó como una maza. El apretón de manos, que éste le dio, casi destroza la suya. Por último, la noticia de la renuncia de su alumna, completó el desastre.

Pasaron unos minutos. La pareja después de saludar se dirigió a la salida. Entonces su mente, como un naúfrago, apeló al único recurso que podía estar a su favor. –Un último tango- suplicó. Ellos se detuvieron. El hombre no parecía convencido. Ella esta vez no titubeó. Se acercó, la cadera otra vez como proa al rescate y se pegó a él.

La música los envolvió. El salón y los que observaban, desaparecieron. La filigrana de los pasos, los llevaron lejos, más allá de todo espacio y tiempo. Cuando finalizaron, ella contra su costumbre, le dio la mano. La dejó allí un tiempo, con un mensaje que esta vez él… supo descifrar.

 

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Fabián Gonzalez

Fabián Gonzalez

Soy Fabián González, escritor argentino nacido en Mendoza, “La Tierra del Sol y el Buen Vino”; en mi jubilación decidí compartir mi pasión por el cuento y la literatura, gozar Cuentos sin receta cada semana, esperando que los disfruten tanto como yo.

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