Cusco, magia a 3 mil 399 metros de altura

Por Elsie Méndez @sabormexico

“Cuando bajes del avión hazlo despacio, no corras”, “Cuando llegues al hotel, ve directo a tu habitación y descansa por al menos tres horas”, “Toma mucho té de coca y mastica las hojas también” “No tomes mucho y come poco”, estas fueron algunas de las muchas recomendaciones que me dieron para visitar Cusco, este mágico lugar que se encuentra a 3,399 metros sobre el nivel del mar, ¿qué si las seguí todas? Algunas de ellas si, pero ya que llegué a Cusco preferí seguir los consejos de quienes ahí habitan, nada mejor que los locales para decirte que cosas funcionan mejor que otras.

Si bien es cierto que debe uno tener precaución para no padecer del mal de altura, quienes vivimos en sitios como la Ciudad de México es más difícil que tengamos alguna molestia porque nuestro cuerpo esta acostumbrado a ello, quienes pueden padecer más de esta situación son quienes viven lugares ubicados a nivel del ma. Lo que si es mu notorio es la tranquilidad con la que salen del avión la gran mayoría de los pasajeros y llama mucho lo atención porque generalmente la gente sale corriendo como en estampida de los aviones y a veces resulta hasta molesto.

Desde que bajas del avión encuentras canastas o recipientes con hojas de coca fresca o seca para que comiencen a masticarla quienes son nuevos en la ciudad, lo que no les dicen es que no deben tragarlas porque les puede provocar malestar estomacal, así que tomen en cuenta este consejo si nunca han visitado Cusco. En todos los hoteles y restaurantes de esta ciudad encontrarán el té y desde su llegada les estarán ofreciendo esta bebida, a nosotros nos dieron algo que resulto ser mejor que el té de coca y les contaré que fue.

Antigua capital del Imperio Inca y una de las ciudades más importantes del Virreinato en Perú,  Cusco es una ciudad además de rica en historia y con una de las arquitecturas más hermosas que he visto en mi vida, es también una ciudad muy interesante para conocer de cerca la gastronomía peruana, porque aquí encontrarán ingredientes y platillos de la cocina tradicional, una combinación que la enriquece y la hace aun más divertida, un sitio que merece al menos tres días de viaje para poder disfrutarla y conocerla como se merece.

La mejor forma de conocer Cusco es caminando, salir a recorrer sus calles que suben y bajan permite ir sintiendo la magia al pasar de los años aun conserva, pobladores que hoy se mezclan entre razas y culturas, muros incas que nos hablan de quienes ahí han habitado dejando sus huellas en la construcción de cada una de las etapas por las que a pasado esta ciudad. Piedras cortadas de forma tan perfecta que cada una encaja con la otra sin necesidad de argamasa, o esas terrazas y balcones finamente labrados en madera que llenan de color y adornan la Plaza de Armas y sus calles aledañas, el placer se vive despacio, sin prisas, ya no por fuerza de acostumbrarnos a la altura, sino por el simple gozo.

Siempre he dicho que los mercados son el alma de las ciudades y los pueblos, ahí se puede comprender a los pobladores y sus costumbres mas íntimas, porque la esencia de los mismos se conoce por lo que comen, ingredientes que nos muestran la tierra en la que estamos situados y nos describen a través de sus aromas y sabores lo que muchas veces no vemos mas allá de un recorrido centrado en la ciudad capital. ¿Cómo poder entender un platillo que ponen frente a nosotros si no hemos visto sus elementos en estado primario y original? Las diferencias entre las papas, las yucas, lo que para ellos es una mandarina que nada tiene que ver con las de mi México, sus ajis, sus formas y olores antes de ser cocinados, fue en ese mercado que recibí mi primer abrazo peruano de una vendedora de verduras que me demostró su agradecimiento de la forma mas cariñosa, me transmitió la magia cusqueña a través de esos brazos que se han hechos fuertes de tanto cargar diariamente.

Hotel Monasterio es como dormir en un museo, quienes han visitado lugares como Santo Domingo de Guzmán en Oaxaca o el Antiguo Colegio de San Ildenfonso o cualquiera de los miles de monasterios que se encuentran alrededor del mundo de arquitectura monumental, a tan solo unas cuadras de la Plaza de Armas en el centro de Cusco, se encuentras este hotel de la cadena Orient Express que custodio mis sueños. Un cedro de mas de 300 años se mantiene erguido y orgulloso de lo que ha visto suceder en la historia de Cusco, es el único sobreviviente de los cientos y miles de cedros que se encontraban en la región y hoy ya no existen mas.

Desde que uno cruza la puerta principal comienza a vivir de cerca las crónicas y escritos que se han hecho de Cusco, muebles y cuadros de la escuela de pintura cusqueña conservados con sumo cuidado por quienes tienen la custodia de todos estos tesoros y presumen con orgullo a cada nuevo visitante que se adentra a este edificio, que nos habla con mas detalle de cómo fue la vida de los que llegaron a vivir a esta ciudad, venidos de otras tierras tan lejanas y distintas a las de la cultura Inca.

El Hotel Monasterio merece todo un día para recorrer sus pasillos y dejarse admirar por lo que en cada rincón resguarda, sentarse a tomar un té de muña, también conocida como la menta peruana, que fue mi salvadora mas que las hojas de coca para los efectos del mal de altura pero sobre todo para la digestión, porque uno de los efectos de vivir en ciudades localizadas a miles de metros arriba del nivel del mar es la pesadez y la dificultad para procesar los alimentos, yo pude comer todo lo que quise en Cusco gracias a este té que me aliviaba y dejaba seguir descubriendo los platillos peruanos en esta ciudad.

Una clase de cocina con el Chef Jorge fue de los momentos mas divertidos del viaje, entre que picábamos ajis amarillos y el salteaba la cebolla en el sartén, nos fue contando más de cerca sobre las costumbres en la gastronomía cusqueña y así al ir deleitándonos con lo que íbamos cocinando aprendíamos mejor de su cultura culinaria. Mas tarde, una cena temática en el salón comedor con cantantes de opera que maridaron perfecto cada tiempo que llego a la mesa con nuevos sabores, texturas y aromas que hasta el día de hoy traigo en la memoria.

Aunque el tiempo pasa lento en Cusco, los días parecían irse como agua entre las manos y yo todavía tenia mucho que preguntar y conocer de lo que fue la capital del imperio Inca, recorrer más sus calles estrechas y sentarme al abrigo de ese cedro por las mañanas, oyendo el murmullo del agua de la fuente mientras me decidía con cual de todos los panes maravillosos comenzaría mi día. Pero así es cuando uno visita un lugar lleno de magia, nunca es suficiente, y solo nos deja con la tarea de abrir un espacio en la agenda para regresar.

Salud!

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