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El Espejo

El Espejo

Se hacía difícil mantener una conversación intrascendente, cuando los dos sabían que no habría otra oportunidad para decir lo que tenían guardado en lo profundo del corazón.

Allí  desde un tiempo que la memoria no registraba, estaban acumulados los rencores, las ofensas, la envidia, las palabras inoportunas, todo cubierto por una capa de aparente olvido, tan débil que al primer soplo dejaba al descubierto llagas sin sanar.

Afuera se había desatado  un  viento caliente, que llenaba de polvo la habitación ya caldeada por la ansiedad que impregnaba el lugar.

Las miradas pasaban rápidas de un objeto a otro tratando  de evitar un contacto directo, como si éste fuera una trampa que los dejara cautivos, sin más alternativa que centrarse en el tema que los quemaba por dentro.

De improviso una ráfaga golpeó la ventana que se abrió dejando entrar un ejército de hojas. Éstas se unieron en un loco remolino hasta caer rendidas al piso. Una sola siguió  suspendida en el aire, guiada por un hálito invisible que la hacía girar sin rumbo.

Aliviados por este momentáneo respiro, ambos callaron y miraron la danza de la hoja que por fin se posó sobre el espejo de mano, que siempre estaba al alcance de ella.

Fue una señal inequívoca que la sintió en la boca del estómago, en una contracción que la dejó sin aire. Entonces estiró la mano, tomó el espejo y frente al reflejo de su propia cara vomitó de un golpe todo lo que tenía  guardado. No se detuvo y cuando la catarata de palabras se transformó en un murmullo dejó caer las manos y le pasó el espejo.

Él lo tomó temblando y por un misterio que nunca quiso averiguar, el cristal le devolvió la cara de su mujer y la suya  superpuesta, en una simbiosis perfecta. Formaban una figura de dos frentes dentro del marco de plata que recogía los últimos reflejos. Pasaron unos segundos de silencio, hasta que algunos pájaros  dejaron oír sus trinos  en las ramas del árbol que ya no se sacudía. El no habló. Ya todo estaba dicho. Depositó con suavidad el espejo en la mesa baja, la besó en la frente y salió sin ruido.

Afuera  lejos del alcance de cualquier oído, gritó todo lo que tenía que decir. El viento que quedaba llevó lejos las palabras, más atrás de las montañas, donde nadie nunca, ni mirando el espejo las podría encontrar.

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Fabián Gonzalez

Fabián Gonzalez

Soy Fabián González, escritor argentino nacido en Mendoza, “La Tierra del Sol y el Buen Vino”; en mi jubilación decidí compartir mi pasión por el cuento y la literatura, gozar Cuentos sin receta cada semana, esperando que los disfruten tanto como yo.

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