Irrupción

Irrupción

Soy un ser que nace del disparate. Rompo las estructuras e irrumpo en el mundo real. No tengo cuerpo, solo pensamiento, sensación y movimiento. Aparezco en lugares donde priva la formalidad.

Así, el conferenciante que expone ante un público numeroso, siente de pronto mi presencia y sin poder evitarlo insulta a viva voz a aquel oyente que sorprende bostezando. En una velada de gala, la señora de alta sociedad que escucha música erguida en su silla, se levanta la pollera y con las piernas desnudas comienza a bailar un desenfrenado can-can.

Soy lo contrario a la lógica, no sigo una secuencia ni plan premeditado. Me cuelo en la boca del que habla y pongo en ella las verdades que nunca se hubiera animado a ventilar. En definitiva, actúo sin ataduras, sin convencionalismos, a contrapelo de las situaciones que la vida marca como normales.

Hoy mi energía vaga suspendida en la corriente de aire que envuelve la ciudad. Desde allí diviso una plaza y sentada en un banco a una anciana que teje plácidamente. Por el sendero se acerca un joven que se sienta a su lado. Tras un respetuoso saludo, despliega el diario y queda concentrado en la lectura. Mis moléculas entran en acción.

La anciana percibe primero el aroma del perfume que él lleva. Luego siente un calor por años olvidado, que en un ansia sin freno la lleva hacia el hombre. Una aguja cae sobre el pasto y un revuelo de polleras con olor a naftalina sella su apretado abrazo.

La dulce abuela se ha transformado en una mujer experta en el arte de amar. Desaparecen las arrugas, la edad no importa. Un olor antiguo se mezcla con el caro perfume, la boca sin tiempo busca la del joven que sorprendido responde con la suya.

La escena me divierte. No sé cómo pueda  terminar cuando me haya ido y la cruda realidad se imponga nuevamente. Sin embargo, frente a la patética situación algo me conmueve. Debo reconocer que soy sentimental. Por eso decido recurrir a otra de mis facultades; la de borrar lo sucedido para dejarlo sólo entre la memoria y el inconsciente. Vuelvo todo para atrás. Como en una película en retroceso, el abrazo de la pareja se desenrosca, la anciana vuelve a su tejido y el hombre a la lectura.

Pasados unos minutos ella se levanta, guarda su labor y a paso lento se aleja del banco. Una extraña sonrisa queda en su boca, un aroma que no es el suyo la envuelve. Allá en el banco, el hombre sorprendido se pregunta por qué tiene una aguja de tejer entre sus ropas.

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Fabián Gonzalez

Soy Fabián González, escritor argentino nacido en Mendoza, “La Tierra del Sol y el Buen Vino”; en mi jubilación decidí compartir mi pasión por el cuento y la literatura, gozar Cuentos sin receta cada semana, esperando que los disfruten tanto como yo.

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