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La Guitarra

La Guitarra

LA GUITARRA.- Ella, observa por la ventana la fría mañana invernal. En un rincón descansa silenciosa su guitarra.

No tiene ganas de tocarla, le pesa la vejez. Mira sus manos. Sus dedos están torcidos. Trata de recordar como eran antes, ágiles, livianos, volando sobre las cuerdas. Ahora el reuma los ha detenido y se extiende por todo su cuerpo. Se pregunta: – ¿llegará al alma, ésta me quedará también quebrada?-

Aparta con un suspiro este pensamiento y camina por la habitación del asilo donde está recluida. Siente la imperiosa necesidad de salir y dejar en un rincón la guitarra que le habla de un pasado irrecuperable. Con una fuerza desconocida, nacida de su desazón, abre de un golpe la puerta y sale al pasillo. Está  desierto, las enfermeras aún duermen. Sabe el camino hacia la salida y allí se dirige vestida solo con su camisón.

La mañana invernal la recibe con un latigazo de frio en la cara y el camisón se le pega al cuerpo como una coraza de lata.

Sigue adelante. Atraviesa el patio y se interna en el bosque que rodea la construcción. Sus huellas en la nieve no siguen un rumbo fijo. Parecen ir marcando paso a paso el derrotero de sus desventuras. La viudez, el abandono de sus hijos, la pérdida de la casa, sus achaques cada vez más frecuentes. “No me queda nada”- se dice-. De pronto se detiene. Está aterida, no tiene sentido seguir si no sabe donde ir. Deja resbalar su cuerpo por el tronco de un árbol y ahí se queda inmóvil.

Pasa el tiempo… Algo llama su atención y la saca del letargo.

Una guitarra, en forma insólita se apoya contra un arbusto próximo. La reclama, con la curva voluptuosa de su cintura de madera y el largo cuello cubierto de cuerdas.

Con la desesperación de un náufrago, responde al llamado. Se arrastra hacia ella. La toma y con los dedos agarrotados, trata de pulsar las cuerdas. Para su sorpresa, estas responden. Nacen acordes armoniosos y puros que se elevan al aire. La melodía estremece el bosque. Se estira y gira en la copa de los arboles. Queda allí suspendida.

Luego, desciende hasta ella que sonríe, sabiendo que ha encontrado el sentido de su vida, junto a la antigua amiga ahora recuperada.

Avanza la mañana. El sol derrite hilos de hielo que cuelgan de las ramas. Alguien que camina por un sendero del bosque, descubre a una mujer vieja abrazada a un tronco de madera, con un gesto de placer en los labios que la muerte no ha borrado.

Lejos, en el asilo, dentro de la pieza vacía, la guitarra en el rincón suena y suena, sin que ninguna mano la toque. Mostrando a quien la quiera oír, el misterio insondable de sonidos que aquietan el alma y que el bosque en un eco repite.

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Fabián Gonzalez

Fabián Gonzalez

Soy Fabián González, escritor argentino nacido en Mendoza, “La Tierra del Sol y el Buen Vino”; en mi jubilación decidí compartir mi pasión por el cuento y la literatura, gozar Cuentos sin receta cada semana, esperando que los disfruten tanto como yo.

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