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La lámpara

La lámpara

Esa mañana, la señora de la casa le dice –“Mire Ramona voy a salir, limpie como es de costumbre y repase la araña de la lámpara”- Si señora – contesta automáticamente y la ve salir.

En el aire queda flotando la estela del perfume de su patrona que ella aspira con deleite. «Algún día me compraré uno igual», piensa. Luego canturreando comienza su tarea reflejada en el piso encerado. Le gusta limpiar todo a fondo y por ello le extraña la novedad de arañas en la lámpara. Busca una escalera y armada con plumero, trapo e insecticida ataca al rebelde artefacto que se empeña en desafiar su prestigio. Sacude, pasa el trapo, lo rocía con el venenoso producto y… nada. No aparecen los malditos insectos.

Se le ocurre pensar que pueden estar ocultos, dentro del retorcido camino que muestra su forma. Es lo más probable. ¡Pero de ella no se van a escapar! Busca un destornillador y comienza a desarmarla. Luego de unos minutos, no queda ni el recuerdo de lo que allí había. Sentada en el piso, Ramona mira el caos de cables, focos, tornillos y pedazos de metal que la rodean. Pese al desolador panorama de algo está segura; adentro no había ningún bicho o cosa que se pareciera. Pero ahora se ve frente a un gran desafío: ¿Cómo volver a armarla?

Cierra los ojos y trata de imaginar cómo era. La mente se niega a brindar ayuda, solo le llegan imágenes asociadas de jamones y ristras de chorizos colgando del techo de aquella pieza fría y olorosa, donde en su niñez se guardaba la faena del carneo. Debe ser que tengo hambre – se dice-. Como mujer práctica que es, se levanta y aprovechando que nadie vigila la heladera se prepara un suculento bocado de jamón y queso. Con la boca llena se concentra en la labor de reconstrucción. Poco a poco la luminaria va tomando una figura que a ella le parece aceptable. Da los últimos toques, se retira para verla de lejos y la cuelga.

Al mediodía, regresa la Señora. Ella la espera firme en el centro de la sala. Antes de que aquella proceda a dejar los guantes y la cartera, le señala con el plumero aquello que pende del techo. Las dos miran hacia arriba. Una con ojos desorbitados. La otra, con actitud expectante. La primera tarda en recuperar el habla, cuando lo hace no encuentra palabras para expresar la sensación que le produce el moderno y exquisito diseño que muestra ahora su antiguo quinqué.

Ramona da por descontada, la aprobación de su labor. Su instinto le dice que hay que dejar las cosas así, sin ninguna explicación. No decir que buscaba arañas en la lámpara. No vayan a creer, que por su cabeza pasó semejante absurda idea.

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Fabián Gonzalez

Fabián Gonzalez

Soy Fabián González, escritor argentino nacido en Mendoza, “La Tierra del Sol y el Buen Vino”; en mi jubilación decidí compartir mi pasión por el cuento y la literatura, gozar Cuentos sin receta cada semana, esperando que los disfruten tanto como yo.

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