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La Renuncia

La Renuncia

Último día de Agosto. Último viaje antes de que deje el tedioso trabajo en la oficina y presente mañana mismo la renuncia. Que gusto poder mirar al jefe y decirle: “Fue un honor trabajar con Usted” y de inmediato antes de que a él se le borre la sonrisa, lanzar como un cuchillo un: ¡Hasta nunca desgraciado! Sí, eso le diría y otras cosas hirientes que ya se le ocurrirán.

Mientras tanto hay que zapatear, para sacar el frío de los pies que se apoyan en los adoquines  húmedos  de  la parada  del micro 34 que tarda en llegar. ¿Será a propósito esa demora? ¿El tiempo le jugará  una mala pasada, dilatando el mañana de su libertad?

Da vueltas en círculo con la cabeza girada hacia la esquina. La calle solitaria sólo le devuelve el resonar de sus pasos. Por fin las luces del transporte horadan la niebla, un suspiro profundo le desinfla la ansiedad. Ante su seña el 34 se detiene. Tantos viajes en el mismo horario, le hacen conocer a todos los choferes. Dando por supuesto tal hecho, sube sin mirarlo y larga un: – Buenas  Noches. El tipo no contesta, solo extiende la mano, recibe el cambio justo y acelera a fondo. Está a punto de caer maldiciendo al sujeto, pero logra manotear el primer asiento donde queda despatarrado. Le clava los ojos en la nunca dispuesto a comenzar con una airada protesta, cuando algo lo detiene.

Se da vuelta, en el vehículo reina un absoluto silencio. A pesar de estar lleno de gente que a esa hora sale de sus trabajos y conversa animadamente, allí no lo hace nadie. Todos miran hacia adelante, unos mantienen los ojos abiertos en un punto indefinido, otros los tienen cerrados con la cabeza tiesa. Le parece raro esa extrema quietud, pero lo atribuye al cansancio de la jornada, o a cualquier cosa que le saque el gusano del temor que empieza a reptar en su interior.

Suspira, mira a su compañera de asiento. Es una anciana vestida de negro. El cuello blanco de puntillas sube por su garganta y se confunde con el pelo que parece empolvado con talco. El mismo efecto muestra su rostro, donde una mosca desvelada le camina por la mejilla. Ella no hace el menor movimiento para espantarla. Está  a punto de hacerlo él con ese impulso solidario que siempre lo caracterizó, cuando una pregunta se instala en su mente: ¿Qué le pasa a esta mujer? ¿Qué les pasa a todos?

No hubo respuesta lógica que viniera en su auxilio, solo el traqueteo del micro adentrándose en la noche y ese silencio denso que cubre la escena como un sudario. Entonces las señales de alarma suenan todas al mismo tiempo. Ya las conoce, es el mensaje atávico que le envía su cuerpo. ¡Huir! salir cuanto antes de ese viaje fantasma.

Se dispone a levantarse y queda en el intento pues algo  lo retiene. Mira asombrado. A su lado la vieja sin cambiar de expresión, extiende una mano sarmentosa enrollando los dedos en la manga de su saco. Tironea con una fuerza nacida de la desesperación y la mano aún aferrada con un chasquido de rama seca  se desprende limpiamente de la muñeca de su dueña. No hay tiempo de quedarse a pedir disculpas. Libre del ancla la inercia lo lanza de frente contra la puerta de salida. Allí  forcejea para abrirla, mientras a su espalda todos los pasajeros comienzan a quebrarse con el mismo sonido. Caen las cabezas, los torsos, los brazos. La ropa al perder su sostén queda como una bolsa vacía, señalando el lugar donde antes había  alguien. Poco a poco respondiendo quizás a lo que acontece, el micro reduce su marcha y se detiene en la parada. Él sale disparado hacia la obscuridad y ve el transporte alejarse con su extraña carga. Tiene tiempo de divisar en la parte posterior una leyenda tenuemente iluminada que dice: “Ultimo viaje antes de la renuncia”.

Queda parado incapaz de moverse, la vista fija en las letras que disminuyen su tamaño hasta desaparecer. Se pregunta  si así quedan los que piensan renunciar. Se toca el cuerpo. Está entero. Solo un trozo de madera enganchado aún a su saco le recuerda el increíble viaje.

Al día siguiente un desvelado oficinista llega corriendo a su trabajo. Abre la puerta, se dirige al despacho del jefe, entra sin llamar. Salta el escritorio. Sin mediar palabra abraza y besa al sorprendido hombre. Luego en un tiro maestro, emboca en el centro del basurero el papel arrugado de su renuncia.

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Fabián Gonzalez

Fabián Gonzalez

Soy Fabián González, escritor argentino nacido en Mendoza, “La Tierra del Sol y el Buen Vino”; en mi jubilación decidí compartir mi pasión por el cuento y la literatura, gozar Cuentos sin receta cada semana, esperando que los disfruten tanto como yo.

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