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Malvón rojo

Malvón rojo

“Propietario vende departamento excelente ubicación. 2º. Piso, balcón a la calle”. Dobló el diario y decidió ir a verlo. Por la calle no resistió la tentación de mirarse en la vidriera, la que le devolvió la imagen de un hombre maduro, todavía apuesto aunque algo encorvado. Compuso la postura y se sintió satisfecho con sus años.

Mientras caminaba, planeaba la estrategia con que abordaría al vendedor. Tenía el dinero suficiente que había ahorrado durante años y la necesidad imperiosa de mudarse de la casa que había compartido con su esposa, muerta dos años antes. Cuando llegó ya había varias personas visitando el inmueble. Por suerte el precio las fue alejando una tras otra, hasta que solo quedó una mujer negociando con el dueño. Ésta era de edad indefinida, con un atuendo que le llamó la atención. Tenía puesto un insólito vestido a rayas negras y en sus manos sostenía una maceta donde florecía un malvón rojo. Se quedó pensando el porqué de esa apariencia y la razón de llevar una planta, justo en la ocasión de concertar una cita donde la imagen que se proyecta debe trasmitir la sensación de normalidad intachable.

En esas cavilaciones estaba cuando escuchó, que el propietario iba a aceptar la oferta de la mujer financiando la operación. Ello disparó su alarma interior y rápidamente se acercó  ofreciendo todo el pago al contado. El vendedor pidió disculpas a la señora, le dio la espalda y con una sonrisa se aproximó. Mientras cerraba el trato pudo ver como ella empalidecía, apretando el malvón entre sus manos. La flor se desgajó y sus pétalos rojos quedaron regados en el piso como pequeñas gotas de sangre. La imagen era desoladora. Pensó que podía decir alguna palabra cortés para aliviar el momento de tensión, pero no se le ocurrió ninguna.

Tras unos instantes de silencio, ella se dirigió a la puerta. Antes de salir se dio vuelta y lo miró. Tenía los ojos verdes más increíbles que había visto. Ellos en un mensaje codificado le transmitían reproche, auxilio, ternura, compasión. La mezcla de sensaciones lo dejó mudo y alejado de la situación presente. El tiempo se detuvo y por un momento solo existieron esos ojos y un mar verde que todo lo cubría.

El propietario, con los papeles para firmar lo volvió a la realidad. Mientras finalizaba el trato pudo ver como ella se alejaba, perdiéndose en la vereda, con sus rayas negras y la maceta vacía en sus manos. Con un suspiro miró su nueva vivienda. Supo que había conseguido lo que quería, al costo de una extraña desazón que lo persiguió por años.

“Se necesita acompañante para enfermo, indispensable referencia. Buen sueldo”.

Mercedes lee el aviso. Tiene que encender la luz para divisar las letras en la oscura vivienda de planta baja que ocupa.

Se pone el mejor vestido que ella cree que tiene. Uno de rayas negras raído por el tiempo. Cuando llega al edificio publicado en el diario, lo reconoce de inmediato. Allá en el segundo piso con las ventanas abiertas al calor del verano, está el departamento que iba a ser suyo. Una sonrisa plagada de nostalgia curva sus labios. ¿Seguirá en manos del mismo dueño?

Sube las escaleras y toca el timbre. El ruido de unos pies que se arrastran y la puerta se abre. Allí está él envejecido, minado por la enfermedad. Se miran, tardan algo en reaccionar. Él se sumerge de nuevo en el mar verde de los ojos de la mujer. Ella le estrecha la mano y con la otra le entrega una maceta con su flor roja.

Pasa el verano.

En el siguiente año, ya no está el propietario de la vivienda del segundo piso. Todas las mañanas una mujer con extraño vestido a rayas, riega los malvones rojos que cubren el balcón.

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Fabián Gonzalez

Fabián Gonzalez

Soy Fabián González, escritor argentino nacido en Mendoza, “La Tierra del Sol y el Buen Vino”; en mi jubilación decidí compartir mi pasión por el cuento y la literatura, gozar Cuentos sin receta cada semana, esperando que los disfruten tanto como yo.

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