Nocturno

Nocturno

NOCTURNO.- Ha dejado de nevar. La noche apaga las últimas luces del crepúsculo y se duerme tapada por un manto blanco. La casa de la colina está despierta, espera al hombre que sube hacia ella. Hay fuego en el hogar y ponche sobre la mesa. Él solo piensa en llegar, calentar sus manos y abrir el piano de cola. Tiene en la mente las notas de una melodía que más tarde lo hará famoso.

Jadeando abre la puerta, sacude la nieve pegada a las botas y se arrima a la chimenea. Poco a poco el calor entra en su cuerpo y libera sus ateridos dedos. Estos son largos, casi femeninos. Los mueve simulando en el aire el compás y se sienta frente al piano. La hilera de teclas lo espera tendida en su cama obscura. Semeja a una mujer dispuesta a recibirlo. Él sabe que  bajo su aparente calma, ella espera anhelante el primer roce de su mano que despertará el mundo de vibraciones que encierra su corazón de cuerdas y madera.

El hombre cierra los ojos. Se concentra, deja fluir el sonido que lleva en la cabeza. Sus manos recorren el camino de marfil jugando con los graves y los agudos. Cada tanto la presión de una tecla negra marca un tono diferente, que hace de contrapunto a la secuencia de la melopea. El pequeño salón es testigo de un parto lento y doloroso. Cuesta sacar a la luz lo que está en su interior y volcarlo al instrumento.

Cuando parece que la composición toma forma, un golpe seco le da fin. El intérprete no está conforme. Se levanta, se acerca a la ventana, mira el desolado paisaje. No hay más que árboles desnudos y la claridad de la luna sobre la nieve. Está por retirarse cuando algo llama su atención. Sobre la rama del roble que cubre la entrada de la casa dos ojos amarillos lo miran. Cierra la ventana molesto, quien sea el dueño de ellos lo tiene sin cuidado. No le gusta ser espiado en un momento de frustración.

Regresa a su asiento, pero la inspiración no llega. Siente el ahogo de la rabia que le sube a la garganta, necesita aire. Rápido vuelve a la ventana. La abre, el aire frío le golpea el rostro. En el árbol los ojos ya no están. Ahora lo observan suplicantes desde una mata gris que se acurruca, a sus pies temblando.

No supo que gesto hizo, pero lo cierto es que el animal lo tomó como permiso y sin dudarlo se introdujo en la casa. Con el gato como huésped se olvida por un momento de lo sucedido. Pone leche en una taza y lo mira refregarse contra el terciopelo del sillón.

Desde el rincón el piano lo llama. Vuelve a él y comienza a enlazar las notas hasta llegar al punto crítico. Más allá se abre de nuevo el abismo. No sabe cómo cruzarlo. Levanta las manos y espera a que su mente le indique el toque exacto. Pasan los segundos sin que nada ocurra. Solo escucha el crepitar del fuego. Cierra los ojos. Tensa los brazos, dispuesto a maldecir de nuevo. En ese instante, cuatro acordes llegar a sus oídos. Son los justos para encadenar la secuencia de la melodía. ¿Qué ha pasado? Como respuesta al misterio, el gato maúlla sobre el teclado, las patas presionan dos blancas y dos negras. Allí lo deja y con las notas todavía vibrantes, el compositor vuela hacia adelante. La música crece sin trabas, llena el espacio, traspasa los cristales. Se mezcla con la luz de la luna y toma un nombre; nace el Nocturno de Chopin.

Adentro adormecido al calor del fuego, el gato sueña con otro plato de leche. No sabe que sus patas quedaron grabadas en el pentagrama de una partitura que perdurará por siempre.

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Fabián Gonzalez

Fabián Gonzalez

Soy Fabián González, escritor argentino nacido en Mendoza, “La Tierra del Sol y el Buen Vino”; en mi jubilación decidí compartir mi pasión por el cuento y la literatura, gozar Cuentos sin receta cada semana, esperando que los disfruten tanto como yo.

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