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Pánfilo

Pánfilo

¡Pánfilo! ¡Pánfilo! La voz de su madre le llega desde el comedor. No contesta. Odia su nombre.

Con años de terapia no ha logrado superar la angustia que siente cuando tiene que responder como se llama. Siempre encuentra del otro lado, una sonrisa compasiva y tiene que apelar al cambio rápido de tema para escapar de la sorpresa que muestra su interlocutor. Para agravar la cosa, su físico no le ayuda: hombros caídos, cara redonda y un andar que recuerda a un flan que resbala sobre el plato.

-¡Pánfilo!- vuelve a llamar la madre. No responde y escapa por la puerta trasera de la casa.

Afuera la noche está tibia. Es el final del verano, cuando los patios dejan salir el olor a jazmín que guardan entre sus rejas. La calle de adoquines mojados por la niebla, lo lleva hasta el bar de la esquina, donde la gente del barrio se junta para escuchar y bailar tango. Su terapeuta le ha aconsejado concurrir a esos lugares para vencer la inseguridad que lo domina. Poder decir su nombre sin ponerse a transpirar.

Cuando entra lo recibe un rumor de voces. Suena la melodía y varias parejas se desplazan por el salón al ritmo del dos por cuatro. La música deja espacio a la letra que repite: “tango…piel oscura, voz de sangre. Tango…vaina negra de puñal. Tango…voz cortada de organito, guapo recostado en el buzón.”

La canción le da valor. Se levanta imaginando al guapo y se planta en el borde de la pista, con la vista fija en la mesa que ocupan varias mujeres. Una de ellas lo observa y no baja los ojos; juguetea con la copa que tiene en las manos y vuelve a mirarlo. Luego, cumplido el rito, ella responde a la señal que la invita a bailar. Despacio desenvuelve las piernas que tiene cruzadas y comienza a incorporarse. Su estatura crece centímetro a centímetro hasta superar lo imaginable. Cuando termina el proceso ascendente, su tamaño se eleva casi dos cabezas arriba de él.

Ya es tarde para echarse atrás.  Pánfilo traga saliva y la toma por la cintura. Coloca su nariz en el abismo que separa los pechos de la mujer, para poder respirar. Ella advierte la maniobra, sonríe desde la altura y se balancea en un solo píe indicando que está dispuesta a que él la lleve.

Las notas del acordeón dan inicio a la danza.

Con mano experta, él marca la secuencia de los pasos. Pronto deja de pensar que más arriba de los pechos que lo cobijan existe una cabeza que pertenece a la pareja que abraza. Concentrado en el compás sensual que lo envuelve, la guía dibujando intrincadas figuras.

Dos notas graves, anuncian el fin de la canción. Él abandona el tibio refugio y levanta la cara. Ella con la gracia de una jirafa inclina el cuello y pone el rostro a su nivel. Quedan cara a cara. Se abren los labios rojos y una voz ronca le dice: -Me llamo Marta-.

Ha llegado el terrible momento de responder. Su boca se niega a articular palabra. Por fin, en un parto doloroso van naciendo los sonidos que conforman su identidad y cuando ésta termina  exhausto.

Queda con la cabeza baja temiendo la reacción de ella. Luego de unos instantes se anima a mirar. No hay señal alguna de burla. En cambio, una boca se acerca a su oreja y en un susurro le devuelve sílaba por sílaba su nombre. Hay en esa repetición un tono francés que lo transforma por completo. Lo llena de distinción, de música, dándole una cadencia que lo asombra. Nunca lo había oído así. Le pide que lo repita y se queda escuchando. Lo saborea, lo incorpora a su persona.

Las luces se apagan y el bar cierra sus puertas. Por la calle recién amanecida un hombre regresa a su casa. Lleva un perfume extraño en la piel y en la garganta el recuerdo de la letra de un tango que lo hizo nacer de nuevo.

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Fabián Gonzalez

Fabián Gonzalez

Soy Fabián González, escritor argentino nacido en Mendoza, “La Tierra del Sol y el Buen Vino”; en mi jubilación decidí compartir mi pasión por el cuento y la literatura, gozar Cuentos sin receta cada semana, esperando que los disfruten tanto como yo.

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